Muerte por algoritmo

El fin de semana pasado hice galletas por primera vez desde que recuerdo. No soy una cocinillas, ni mucho menos. Y no soy muy de dulce. Pero las hice con mi hija. Una nueva actividad para pasar el fin de semana, porque ya hemos hecho mucha plastilina, acuarela, puzzles, yoga… y todo lo que se me ocurre para entretenerla y estimularla.

También vemos películas, sí. Nos sentamos juntas en el sofá y comentamos lo que pasa en la pantalla. Ay, las temidas pantallas. Veo a familias con niños comiendo en restaurantes y ahí están los chavales, con su iPhone o su tablet, viendo dibujos o entreteniéndose con videojuegos. Los veo también sentados con su teléfono en los columpios del parque, meciéndose lentamente sin quitar los ojos de la pantalla. O en grupos, en silencio y escroleando sin parar, cada uno en su dispositivo. Y por mucho que invente nuevas actividades, creo que algún día esos también seremos nosotros. Porque veo cada vez más marciano que estén aislados de una realidad inevitable. El mundo digital no es el mal per se. Igual que no lo fue la revolución industrial. Pero como cualquier cambio social, hay que tratar de entenderlo para poder utilizarlo de la forma más segura posible. Y esa es nuestra responsabilidad como madres y padres. Saber dónde se meten nuestros hijos y cómo y para qué usan esas nuevas tecnologías.
Meta (la empresa dueña de Facebook, Instagram y Whatsapp) acaba de ser demandada por 41 estados en Estados Unidos por construir sus productos con elementos adictivos que dañan a los usuarios más jóvenes de Instagram y Facebook de forma intencionada y diseñar aplicaciones que podrían afectar a la salud mental de los niños. A estas alturas de la película, sería de perogrullo explicar la responsabilidad que tienen estas empresas en nuestra adicción a internet en general y a las redes sociales en particular. Mal que nos pese, en el sistema dominante el principal objetivo de las empresas capitalistas es generar beneficios, y aunque desearíamos que también tuvieran una responsabilidad social, en la mayoría de los casos son necesarias las limitaciones de las administraciones públicas de turno – o de los tribunales, en este caso- para que tomen dichas medidas. ¿Que Instagram tiene un algoritmo que busca que utilicemos su aplicación el mayor tiempo posible? Por supuesto. ¿Que lo hace con estrategias concretas para generar adicción en los más jóvenes, sin tener en cuenta posibles repercusiones en su salud? Ahí es donde tendremos que regular.

En 2017 una niña de 14 años llamada Molly se suicidó después de meses consumiendo contenidos en Instagram y Pinterest que fomentaban las autolesiones y alentaban al suicidio. Los padres descubrieron que su hija había dado a Me gusta a miles de esas publicaciones una vez que la niña había fallecido. El algoritmo funcionó a las mil maravillas y Molly consiguió acceder a algunas de las denominadas comunidades proscritas online. En los seis meses anteriores a su muerte, Molly compartió, guardó o dio a Me gusta a 16.300 publicaciones en Instagram. 2.100 de esas publicaciones (unas 12 al día) estaban relacionadas con el suicidio, las autolesiones y la depresión, según información compartida por Meta con la familia, tras años de solicitudes sin respuesta apelando a la privacidad y a la protección de datos. Incluso su carta de despedida contenía extractos casi idénticos a citas encontradas en dichas publicaciones. ¿Funcionaron las redes sociales como un catalizador en este caso? Claro que sí. ¿Tienen los padres una parte de responsabilidad? Desgraciadamente, también. ¿Puede que los padres no tuvieran las herramientas suficientes para entender los riesgos del consumo de redes sociales entre niños y adolescentes? Por supuesto que sí.No seamos hipócritas, no juzguemos. Podría habernos pasado a nosotros. La clave es entender que no entendemos. Que nos faltan piezas para completar un puzzle tan complejo. Y que las empresas tecnológicas tienen claro que no quieren que las tengamos.
En septiembre de 2021, un informe del Wall Street Journal titulado The Facebook Files filtró un documento interno realizado por investigadores de Facebook. En la presentación, los investigadores confirmaban que Instagram puede hacer a los adolescentes sentirse peor con respecto a su cuerpo. Esto tampoco puede sorprendernos. Imagino que, igual que yo, muchos de los que leéis esta página os podréis poner en su lugar y pensar en cómo nos habría afectado tener redes sociales en ese momento tan convulso de nuestras vidas, en el que no sabes bien quién eres ni quién esperan que seas ni quién quieres ser. Era ya un momento tan vulnerable teniendo solo unas mínimas referencias desde el entorno cercano, el cine, la música y la literatura, que me compadezco de la niña que hubiera sido con tantos estímulos externos que te cuestionan constantemente en todas las parcelas de tu vida y de ti misma. Menos mal que no teníamos redes. Pero hay que entender que la sociedad ha cambiado drásticamente. El informe en cuestión concluía que el 32% de las adolescentes decían que, cuando se sentían mal con respecto a su cuerpo, Instagram las hacía sentirse peor. También afirmaban que el 13,5% de las adolescentes decían que Instagram acrecentaba sus ideaciones suicidas y el 17% decía que empeoraba sus desórdenes alimenticios. Y doy muchos datos porque parecen necesarios para que abramos los ojos. Porque me he escandalizado leyendo tantos horrores para escribir este artículo. Porque la situación es crítica y es lo que tenemos que transmitir desde los medios. Y porque las empresas en cuestión siguen negando en público su intención o los efectos devastadores de sus productos. El caso de Molly, tras años de batalla legal por parte de su familia, se cerró con el veredicto de que había fallecido por “un acto de autolesión bajo depresión y los efectos negativos del contenido online”. El juez dictaminó que internet “afectó negativamente a su salud mental y contribuyó a su muerte significativamente”. Ni se pidió ni hubo compensación económica. Sus padres solo querían denunciar los peligros de las redes.
Y el rey de las redes entre niños y adolescentes es, sin duda, TikTok. Según el informe De Alpha a Zeta, educando a generaciones digitales, de la empresa de seguridad digital Qustodio, en 2022, los menores en España pasaron de media cuatro horas al día conectados a pantallas fuera de las aulas y estuvieron 96 minutos al día conectados a su red favorita: la china TikTok; casi el doble de lo que le dedicaron a Instagram. No sé casi nada de esa red social. Como Millenial que (creo que) soy, no la entiendo mucho. Pero trato de informarme para que no me pille de nuevas. Y lo que leo me espanta. No solo por el hecho del formato de vídeos cortos que disminuye la capacidad de atención, o por las absolutas tonterías que tienen millones de visualizaciones. O por las nuevas ‘estrellas’ con decenas de millones de seguidores que son ejemplo de poco o nada. Es, sobre todo, por el descaro con el que quieren captar a la población más vulnerable. A los niños, preadolescentes y adolescentes en busca de referentes para ubicarse en el mundo. Parece que los menores de 13 años no pueden utilizar la app (en Estados Unidos hay una versión para niños con contenido controlado). Desde TikTok, afirman contundentemente: “Hemos asumido el compromiso firme de asegurarnos de que TikTok ofrezca una experiencia segura y positiva para los usuarios menores de 18 años (en adelante, “menores”). Esto empieza por asegurarnos de que tengan edad suficiente para usar TikTok. Para tener una cuenta, debes tener al menos 13 años. […] La seguridad de los menores es nuestra prioridad. No permitimos contenido que pueda exponer a usuarios menores de edad a un riesgo de explotación o de sufrir daños psicológicos, físicos o del desarrollo. Esto incluye el material que refleje el abuso sexual de menores, abuso de menores, acoso, actividades y desafíos peligrosos, exposición a temas manifiestamente para adultos, y consumo de alcohol, tabaco, drogas u otras sustancias reguladas.” Sin embargo, uno de los famosos retos virales de TikTok denominado The Blackout Challenge, que consistía en tratar de ahogarse a uno mismo o a otra persona para obtener un breve estado de euforia, y publicarlo en la red para enseñárselo a otros usuarios, está relacionado con la muerte de por lo menos 15 niños de 12 años de edad o menores. Una de ellas, la italiana de 10 años Antonella Sicomero, se colgó de un toallero de casa con el cinturón de un albornoz. El informe decía que la niña, cuyo colegio estaba cerrado por la covid-19, pasaba en la aplicación hasta diez horas al día, y que había afirmado que tenía 13 años para poder crear una cuenta. Algo que no consigo comprender es cómo es posible que, si sabemos que nuestros hijos no tienen la edad suficiente para estar en esas redes, veamos que tienen una cuenta. ¿O no lo sabemos? Porque, primero, nos han mentido, y segundo, estamos poniendo en riesgo su seguridad. Vale que pasen mucho tiempo en el móvil, pero por lo menos tendríamos que saber qué consumen. Sin control, pero sin cerrar los ojos o mirar a otro lado. Y ya no comento el número de horas que esa niña en concreto pasaba en redes, porque quiero pensar que es una excepción. Pero es inaceptable. Un ejecutivo que trabajó para la empresa china afirma que, aunque el mensaje oficial de TikTok es que la seguridad de los usuarios es su mayor preocupación, la verdad es que su prioridad es el crecimiento de la aplicación. “Ganar más dinero es la prioridad número uno”. ¿Nos sorprende? No lo creo. Igual que no sorprende, pero escama, que los más altos ejecutivos de las empresas tecnológicas de Silicon Valley les prohíban terminantemente a sus hijos el uso de teléfonos, tabletas y redes sociales. Ya en 2011, Steve Jobs afirmaba que sus hijos no podían utilizar la reciente creación de su empresa: el iPad. Y Bill Gates no permitió que tuvieran un teléfono hasta cumplir los 14 años. En los últimos años, miembros de la élite de las tecnológicas han creado contratos para las cuidadoras en los que se les prohíbe que los niños estén expuestos a pantallas y que, por supuesto, ellas mismas utilicen dispositivos electrónicos en sus horas de trabajo. Imagino que será algo similar a lo que hacen los altos ejecutivos de empresas de alimentación, que mientras nos apabullan con todo tipo de productos llenos de grasas, tóxicos y conservantes con la cara sonriente de Mickey Mouse o los protagonistas de La patrulla canina, les darán a sus churumbeles una dieta basada en plantas y que proteja su microbiota. O los de Phillip Morris, que mientras producen los cigarros con componentes adictivos que matan a medio mundo, alertarán a sus hijos de los terribles riesgos del tabaco. Ellos sí tienen todas las piezas del puzzle. Y si lo prohíben o lo limitan, por algo será.
En mi caso, tenemos tiempo. Podemos seguir haciendo galletas y aprendiendo el alfabeto y pintando acuarelas durante varios años. Y mientras, iremos educándonos y tratando de encontrar estrategias para afrontar los riesgos de la sociedad online para los más jóvenes. Para que no nos pille. Pero nos pillará. Ya nos está pillando y va a ir a peor si no hacemos algo. Lo primero, pedir responsabilidades. Pero también responsabilizarnos. Un estudio de la Universidad de Pensilvania concluyó que un abuso de Facebook, Snapchat e Instagram incrementaba el sentimiento de soledad, y que la reducción del tiempo dedicado a redes sociales a 30 minutos al día podría generar una mejoría muy significativa del bienestar de las personas. Pues eso, lo que dice la Universidad de Pensilvania, y lo que dice el sentido común. Que no abusemos. Ni de las redes, ni del azúcar, ni de nada. Ni los chavales ni nosotros. Que, como siempre me dice mi padre, todo es bueno en su justa medida. Y si los chavales no pueden entender cuál es esa medida, porque todavía están formando su personalidad y su sentido del bien y el mal, y si hay quienes se aprovechan de la circunstancia, ahí tenemos que estar, acompañando y entendiendo que a nosotros nos habría pasado lo mismo -que puede que nos pase también incluso siendo adultos-. Lo que, con los años, he podido comprobar que casi siempre funciona, es predicar con el ejemplo. Y eso sí lo podemos hacer. Porque para eso no hace falta saber mucho de tecnología ni de redes sociales.

Artículo publicado en la sección de opinión de El Diario Vasco el 5 de noviembre de 2023