Los pajaritos del hombre más rico del mundo

Elon Musk está de actualidad estas semanas después de que despidiera de golpe a cerca de la mitad de la plantilla de la empresa Twitter, de la que ahora es dueño.
Pero poco ha trascendido en España de otra de sus recientes novedades: Tesla presentó en octubre en Silicon Valley el prototipo de su robot humanoide Optimus. ¿Y qué tiene esto de novedoso o de interesante, si ya hay decenas de empresas dedicadas a la creación de robots de este tipo? Pues dos aspectos fundamentales. El primero, su “cerebro”. Optimus utiliza la misma tecnología de inteligencia artificial que sus coches autónomos, lo que significa que no solo ejecuta las órdenes para las que está programado sino que puede pensar por sí mismo. El segundo, su precio: quieren producir a gran escala con un precio de venta de unos $20.000, una cifra que consideran asequible tanto para empresas como para particulares. El mismo día de la presentación de Optimus pensé en escribir un artículo sobre ello. Empecé a leer artículos sobre robots, a ver vídeos de presentaciones de Tesla, ruedas de prensa, entrevistas… Se acercaba la fecha de compra de Twitter y empezaron los rumores en Silicon Valley sobre los potenciales despidos masivos y el drástico cambio de rumbo de la empresa. Llegó el día en el que Elon Musk afirmó que había “liberado al pajarito”, tras meses de disputas y cruces de tweets sobre los límites de la libertad de expresión en la plataforma. Han pasado tantas cosas que ya no puedo hablar de robots. O sí, también de robots, porque son una parte importante en toda esta historia. Pero no la única.
Esta es una historia de ciencia ficción. De un niño muy inteligente, creativo y solitario (que años después sería diagnosticado de síndrome de Asperger) que leyó muchísimos libros y vió montones de películas para conseguir entender todo aquello que no es literal y que la mayoría comprende de forma intuitiva. Y, que según dice él mismo, estaba obsesionado con encontrar la verdad y el sentido del universo. Ese niño creció y empezó a crear empresas para poder hacer realidad esos mundos fantásticos de los que hablaban las películas de su niñez: coches que vuelan y conducen solos, colonias en Marte, robots humanoides en las casas, la fusión del cerebro humano con la inteligencia artificial… El resto de la historia ya la conocemos: Musk fundó y participó en empresas como PayPal, eBay, Tesla o SpaceX y se convirtió en el hombre más rico del mundo.
Algo que lo distingue de sus predecesores en el título es que tiene una legión de seguidores que lo idolatran y lo consideran un visionario. Un semidiós. Juega a su favor la naturalidad -casi torpeza- con la que se expresa, ese carácter peculiar en el que no caben discursos construidos al uso de los grandes líderes mundiales, una aparente incomodidad por estar donde está, que salva con un sentido del humor algo oscuro, en el que muchas personas pueden verse reflejadas. Lo que asusta es la ligereza con la que habla -e incluso bromea- sobre temas fundamentales para el futuro de la humanidad, y las carcajadas y los aplausos de sus admiradores, que no parecen cuestionarse si su gurú sabe realmente a dónde va o solo tiene -perdonen el chiste fácil- pajaritos en la cabeza. Porque no es el único en hacer recortes drásticos de plantilla en la cuna de la tecnología, pero sí es el que los ha hecho de muy mala manera, de forma caprichosa y sin ninguna empatía por las miles de personas a las que ha dejado sin trabajo. Y porque cuando habla sobre el robot Optimus, por ejemplo, afirma orgulloso que podrá ocuparse de tareas como limpiar la casa, cuidar de la abuela enferma o jugar con los niños, por ejemplo. “De las cosas que nadie quiere hacer”. Y que, en las empresas, podrá hacer desde tareas repetitivas hasta las más complejas a medida que su inteligencia vaya aumentando. Cualquier persona que escuchara esto se haría la misma pregunta: si una empresa pudiera comprar un robot por 20.000 dólares en lugar de contratar a alguien a quien tendría que pagar esa suma anualmente, más vacaciones, seguro médico, etc., ¿por qué no iba a hacerlo? Su respuesta es, una vez más, vaga y decepcionante: “No pensemos en si esto afectará a los trabajos. Tendremos trabajo para todos. Viviremos en un mundo de abundancia donde todo será tan barato que cualquiera se lo podrá permitir”. Aplauso del público.
Últimamente reflexiono mucho sobre la idea del bien y del mal y los líderes mundiales. Estamos acostumbrados a la imagen de los más poderosos en su torre secreta acariciando a un gato y pensando en cómo dominar el planeta. Por eso, cuando aquellos chavales de Silicon Valley, con sus zapatillas y sus sudaderas con capucha, empezaron a ocupar los primeros puestos de la lista de Forbes, sentíamos el alivio de que gente con buenas intenciones hubiera alcanzado esas cotas de poder. El problema es que las buenas intenciones no son el único factor relevante. Y que cuando el poder está tan concentrado es cuando asoman la megalomanía y el totalitarismo. El problema, en este caso, es que el hombre más rico del mundo quiere hacer realidad los mundos de las películas de ciencia ficción que le acompañaron de niño. A su manera y cueste lo que cueste. “Adoro a la humanidad” dice, cuando le preguntan sobre un futuro que pinta bastante mal, la verdad. Permítanme que lo ponga en duda. Eso no son ni visiones ni soluciones. Cuidado con los iluminados, vengan de donde vengan. Que no nos despiste ese halo de naturalidad y de genio incomprendido.
Artículo publicado en la sección de opinión de El Diario Vasco el 22 de noviembre de 2022