Los listos no van a FP

O eso era lo que nos daban a entender en mis tiempos. Daba igual cómo fueras, las inquietudes que tuvieras, tu vida estaba encaminada a ir a la universidad. Y si no llegabas, algo pasaba. No eras lo suficientemente lista. Porque los listos no van a FP.

En mi caso, nunca me lo planteé. Nunca tuve esa disyuntiva. Ni siquiera recuerdo que nos dieran charlas sobre las opciones de la formación profesional. Seguramente nos dieron alguna, pero como yo “no era tonta”, no presté atención. La generación de nuestros padres tenía una mezcla de los que habían podido acceder a la universidad y los que no. Y si algo tenían en común era que creían que esa era su labor: dar a sus hijos estudios superiores para tener un “buen futuro”. Entonces no sabían que la jugada iba a salirles mal y que muchos de nosotros, enarbolando con orgullo nuestro título universitario, encadenaríamos trabajos no cualificados sin poder acceder a profesiones en las que a los mayores les quedaban muchos años para jubilarse y los currículums de los más jóvenes se apilaban en cajones que nunca se iban a abrir. Nos dimos de morros con esa realidad y la mentalidad tuvo que ir cambiando. La semana pasada un periódico de tirada nacional publicaba un reportaje sobre la nueva generación de estudiantes de FP. Y mira por dónde, no son tontos. Sorpresa. Son jóvenes que por fin han tenido la opción de escoger, y han optado por un camino de especialización que exige un abordaje eminentemente práctico para oficios extremadamente necesarios en nuestra sociedad. El hecho de que esos trabajos estén bien valorados tiene que ser una alegría para todos nosotros, que vamos a ser en algún momento usuarios de algunos o de muchos de ellos.
Lo que me apena es pensar en cuánta frustración nos habríamos ahorrado si hubiésemos tenido la oportunidad de escoger libremente esa vía. Estudiar una carrera universitaria no es lo más complicado del mundo. Hay algunas que exigen un gran esfuerzo y dedicación, y hay otras por las que es fácil pasar desenvolviéndose sin problemas si se pone un mínimo empeño. En mi caso concreto, la carrera me ayudó a adquirir conocimientos generales y a rodearme de compañeros que contribuyeron a mi formación personal e intelectual. Pero lo que he ido aprendiendo del oficio ha sido a base de trabajar, de probar y equivocarme y aprender de los errores. Y de seguir formándome continuamente en las áreas que me interesaban de verdad. La formación profesional nos ha demostrado que quien tiene interés por algo en concreto y puede formarse haciendo eso que le interesa, será tan valioso para la sociedad como quien tenga todos los títulos universitarios del mundo.

Comento en mis charlas el discurso que nos dio el primer día, en el que nos instó a tomar decisiones. En un festival a veces las cosas no se pueden consultar. Trabajando a horas intempestivas, cada uno en un lugar de la ciudad, a una velocidad vertiginosa, hay que enfrentarse a situaciones nuevas y tener la suficiente confianza como para decidir, aun a riesgo de equivocarse. Pero él nos dijo que podíamos equivocarnos. Que usáramos nuestro criterio, que arriesgásemos. Y si la cosa salía mal, ya lo solucionaríamos. Nunca antes me habían dado ese nivel de libertad y responsabilidad (que luego me sería tan útil en Silicon Valley). Esa responsabilidad y esa confianza depositada en nosotros nos hizo grandes, aunque fuéramos unos chavales. Nunca podré agradecer lo suficiente todo lo que aprendí en aquellas oficinas del Kursaal y del Victoria Eugenia. Los momentos vividos en la playa y en los diferentes escenarios con los fotógrafos, las risas con mi jefe y mis compañeros, nuestras comidas, los backstages, conocer a quien entonces era mi crush, Jamie Cullum, en la Trini, compartir con Mitxel Ezquiaga la entrevista que le hizo al gran Paolo Conte en su camerino, imprimir cientos de acreditaciones para el concierto de Laboa y Dylan en la playa. Cuando tuve que dejarlo, por otros compromisos laborales, no era capaz de ir a ver los conciertos porque no concebía no ser parte de esa gran maquinaria del disfrute. Ahora sí que voy, feliz por todo lo que siguen consiguiendo año tras año, en un festival que es, además de una fiesta del jazz y otras músicas, un espacio de conexión, de democracia cultural y de goce. Perdonen que me emocione, pero es inevitable cuando eres una de las chicas del Jazzaldi. Eso te marca para siempre.

Artículo publicado en la sección de opinión de El Diario Vasco el 24 de noviembre de 2023