Hasta el like que viene

Por fin se ha terminado. Ya no más cascadas en Tailandia, bikinis mínimos en Ibiza, motos en Bali, fotos de toalla, libro, crema y arena ni peticiones de mano en Sorrento.
Es hora de algo de aburrimiento, jerseys y cafés con corazones en el feed. En nuestra época nos reíamos de los anuncios de colonia en la tele por navidades, pero aquello era una zapatilla rusa comparado con la saturación de hoy en día en redes. Sé que peco de vieja pelleja, pero antes los veranos no eran así. Volvíamos al cole, a clase o al trabajo, casi siempre más morenos y con el misterio de nuestro destino durante los meses de verano. Y esa llegada era ilusionante, y de alguna manera compensaba la tristeza por ese tiempo disfrutado pero ya casi olvidado. La emoción de contarnos los unos a los otros dónde habíamos estado y qué habíamos hecho. La playa, el pueblo de los abuelos, el camping… y montones de anécdotas. Ni siquiera había fotos en el móvil para dar fé de que había sido real. Ni siquiera había móvil. Pero nuestra sonrisa lo decía todo. Cuando yo era niña, unos días después de volver de las vacaciones poníamos el proyector de diapositivas en el salón y nos sentábamos a ver todas las fotos del viaje. Era la guinda del pastel. Durante un rato volvíamos a esos lugares, recordábamos los olores, las sensaciones, las anécdotas… y ahí terminaba nuestro viaje. Compartiéndolo en nuestra intimidad. Hay una frase muy trillada de esas que, paradójicamente, les encanta poner a los infuencers en Instagram con emoticonos de arcoiris y corazones: “La vida es eso que pasa mientras estás haciendo planes”. Pues eso, que el verano es eso que pasa mientras estás eligiendo selfies.
Pero creo que era Pablo Iglesias el que también decía hace unos años: si no estás en la foto, es que no estás. Empezamos con influencers que nos enseñaban sus saltos desde el barco alquilado, sus ruidosas cenas en Beso, las piernas cubiertas de aceite bronceador… Bueno, es su trabajo. Son productos que funcionan para vender otros productos. Ya ni siquiera me escandaliza. Lo horroroso es nuestra necesidad de emularlos, sin darnos cuenta de que lo único que conseguimos con ello es sobreexponernos, perder tiempo real y valioso, poner en riesgo a nuestros hijos y mendigar likes para sentirnos completos. Los límites de los aspiracional se han diluido de tal manera que incluso personas que tienen dificultades para poder ahorrar durante el año, que son cada vez más, se ven ‘obligadas’ a mostrar unas vacaciones más que perfectas, mejores que las del vecino, más de alto copete que las de los padres de los amigos de sus hijos. ¿De verdad merece la pena perder un tiempo tan valioso y tan deseado por quienes no pueden tenerlo para darle en los morros a Pepito o a Menganito? Mete los pies en la arena templada, disfruta de tu ración de calamares, escucha tu nueva playlist de Spotify, házles cosquillas a tus hijos, bébete un zumo de naranja recién exprimido, refréscate en una fuente natural, aprovecha el aire acondicionado del museo que te morías por conocer, haz el amor a la hora de la siesta, recuerda los grandes éxitos del Boom 8 en las fiestas del pueblo, enseña a tus sobrinos a hacer pulseras con margaritas. Haz lo que te dé la santa gana. Pero no me lo cuentes en redes. No te pases el día sacando fotos y poniendo filtros y discutiendo en cuál sales mejor. El verano es demasiado corto. La vida es demasiado corta.
Artículo publicado en la sección de opinión de El Diario Vasco el 15 de septiembre de 2023