Delirios y poder

En una organización, el jefe (o la jefa) es una especie de faro que nos señala a dónde tenemos que ir. O así tendría que ser. La visión de la empresa es una parte fundamental del buen funcionamiento de un grupo, que trabaja por un mismo objetivo.
Si tenemos un jefe que no nos da una visión clara, o que cambia de visión dependiendo de cómo le dé el aire, seguro que la cosa no va a ir bien. La empresa fracasará, porque los miembros del equipo no sabrán hacia donde tirar y se sentirán perdidos, dando tumbos a merced de los delirios de ese jefe que no entiende cuál es su verdadero trabajo y dónde está su valor como líder. Imaginemos que uno de los miembros del equipo, un equipo que lucha por la sostenibilidad y por el medio ambiente, alerta de los riesgos de la industria cárnica para el clima, la economía y la salud. Y acto seguido, el jefe, el supuesto líder, asustado por la reacción de una parte de la clientela que puede reducir significativamente los ingresos de la empresa, hace unas simpáticas declaraciones diciendo que a él le encanta comer chuleta. Fundido a negro y en la siguiente secuencia ese miembro del equipo se ve arrollado por un autobús al que lo ha lanzado su propio líder, sin compasión. Al día siguiente, el personal de seguridad de la empresa aparece por las oficinas con cajas de cartón y se lleva las pertenencias del difunto. Arrancan de cuajo el cartel con su nombre que presidía su mesa y lo lanzan a la basura. El resto de miembros del equipo tienen miedo de alzar la voz. Qué digo miedo; pavor. En la reunión semanal no hay más sonido que el de la voz del líder, felicitándoles por su buen trabajo “en estos tiempos de incertidumbre” y hablándoles de un viaje a Eurodisney que realizarán en breve, para fortalecer las relaciones entre los compañeros. Miradas de soslayo, algunos mensajes tímidos en los chats del trabajo, pero sobre todo Whatsapps al salir de la oficina. Montones de Whatsapps. “Una más de las suyas. Otra en la que nos deja vendidos”, un meme de Gollum y el poder del anillo. Emojis de risas incontenibles. Pero, a la vez, angustia en casa. Muchos no pueden dormir por las noches, por no poder decir lo que piensan. Porque no tienen ni idea de lo que está bien decir y lo que no. Porque donde dije digo, digo Diego. Y porque la situación está pasando factura a su credibilidad.
Hablando en confianza, con unas cañas de más, una de las ejecutivas, con un currículum impecable y gran proyección internacional, se lamenta de haberse metido en este berenjenal en el que pagan bien pero que no le merece la pena. “¿Te acuerdas de cuando empezamos, con tanta ilusión y ganas de mejorar el mundo? Creo que se le ha ido la cabeza y estamos pagando el pato”. “Pero ya sabíamos a lo que nos ateníamos cuando nos llamó”, le replica el compañero. “Intuíamos que vendería su alma al diablo por estar ahí, por poder sentarse en las mesas que importan”. Ella piensa que puede ser, que lo hizo porque le pareció una oportunidad única para cambiar las cosas y mejorar el país, sin tener que preocuparse por su situación económica. Quería llegar a Europa, donde podría cambiar las cosas de verdad. Quería que su hijo fuera al colegio alemán, ese tan progre y tan bueno y con tantos contactos. ¿Se había equivocado? ¿Tendría que mantenerse callada o asumir que las instrucciones podrían cambiar de un día para otro? ¿Sería ella la siguiente a quien el jefe lanzaría bajo las ruedas de otro autobús?
Otro ejemplo: dentro de nuestra empresa multinacional, nuestro equipo nace para impulsar las energías renovables. Es una tarea difícil y requiere de grandes discusiones con equipos no tan nuevos como el nuestro, que ven nuestras peticiones como un incordio. Pero sabemos que la CEO está de nuestro lado y que la ascensión de nuestro departamento es parte de su agenda. Nuestro jefe nos anima a ser más agresivos. Hasta que llegan los datos del cuatrimestre y nuestra lucha queda fuera de las prioridades por cuestiones que no nos atañen. Porque nuestro competidor acaba de lanzar una campaña del Día mundial de las aves migratorias que tenemos que neutralizar. Y en ese mismo momento, nuestro jefe, ese que nos decía que teníamos que pelear con uñas y dientes, se hace pequeño frente a los equipos que nos atacan y nos deja ahí, a merced de los leones, en una batalla perdida. Podíamos haberlo intuido, pero no queríamos creerlo. Vimos las cajas de cartón de nuestros compañeros, aquellos que se atrevieron a ir contra el mensaje, o que ni siquiera sabían lo que hacían, y de los que no nos dejaron despedirnos. Como si hubieran muerto. Colisión con autobús. Lo podíamos haber visto en las muecas contrariadas de nuestro jefe ante cualquier intento de mejora que implicaba cambiar el sistema. En la gente llorando en los lavabos. En una nota de suicidio.
Mi cita favorita es esa de Churchill que dice: “el dinero no te cambia, te descubre”. Y es mi favorita porque el dinero puede intercambiarse por distintos conceptos, como poder, por ejemplo. Que alguien olvide sus consignas, sus principios, ya sea por ganar más dinero como para ganar más votos, demuestra el tipo de persona que es. Y el problema, efectivamente, es de esa persona, de ese líder. Pero afectará más a quienes están por debajo y han depositado su confianza en él (o en ella), y se sienten tontos cuando la gente se les echa encima, y asisten con incredulidad a la respuesta de ese tal líder que no solo no va a sacar la cara por ellos sino que va a desmarcarse del todo para poder seguir en su ruta de ascenso. Y ahí están, al otro lado del televisor o del periódico, aquellos que en su momento huyeron sin ser comprendidos por sus compañeros, porque su olfato y su dignidad les dijeron que eso no iba bien y que iba a ir a peor, al margen de dinero, de estatus o de privilegios. Y ven o leen las noticias con tristeza, con pesadumbre pero también con una mueca torcida. Porque efectivamente, el poder descubre a las personas. Y la clave está en neutralizarlas antes de que les llegue. Para no hacerles el juego a los malos.